miércoles, 10 de diciembre de 2014

Suiza. Las nucleares y los colegios con piscina.


Una bonita mañana de los maravillosos otoños castellanos salimos del aeropuerto de Villanubla hacía un viaje a Suiza; viaje que nos hacia mucha ilusión  disfrutar. Yo había estado una vez en 1973 trabajando como inmigrante –al mes me canse de lo racistas que eran los suizos y volví a casa- en unos grandes almacenes para hacer frente parte de mi “costosa” formación en Madrid. La segunda vez que volví, ya con Sisi, fue por un incidente grave que le ocurrió a mi hija mayor. Asi que esta era la ocasión de desquitarnos. Como además el día continuó muy soleado la aproximación a Zurich fue muy agradable. Un valle precioso encauzaba la ruta del avión de Iberia que nos conducía a nuestro deseado destino. Primero el río Aare, después el río Limmat. No sabría decir si son paisajes alpinos o continentales. No perdí un minuto para disfrutar de la luz que iluminaba el verde de las laderas de las montanas. El cielo azul sin una sola nube –ojala sea asi toda la semana, pensamos- y una serie de casas que a modo de pueblos pequeños se desperdigaban alrededor de los mencionados ríos. Pero hete aquí que me fijo en una construcción muy industrial y que con una cúpula semiesférica parecía una central nuclear. No puede ser que un país tan rico y tan moderno tenga algo tan “peligroso” pensé. Nos lo confirmaron a nuestra llegada a Zúrich, efectivamente era una central nuclear con dos reactores, el  Beznau I y II; al parecer hay un proyecto de poner un tercero.


Listos son los suizos, como los franceses, o como los alemanes que en vez de depender de los combustibles fósiles que contaminan una barbaridad y lo tienen que comprar, tienen garantizada una energía barata y segura. Y permítase que deje para otro momento mi opinión sobre la energía nuclear.

Y sigo con los suizos. Llegamos a Zúrich. ¡Qué bonito¡ Todo perfecto. Las casas como de tiralíneas. Las tiendas, las más caras, y relojes cientos de miles, baratos caros, etc. Y el chocolate. Que rico debía ser, yo no lo probé. Y la universidad, la mejor del mundo, y los museos, miles. Barcos por el lago glaciar del rio Limmat. Bancos, muchos bancos, también algunos para sentarse. Aseguradoras. Increíble.

Al día siguiente una guía local nos llevo a dar una vuelta por la ciudad. Fuimos al centro; la Bahnhofstrasse, la milla de oro en donde se ubican las mejores tiendas del mundo mundial. Subimos a la antigua muralla, con una vista al centro histórico interesante. Paramos porque la guía nos quiso explicar un poco de la cultura suiza. Empezó diciendo que los suizos no aprendían a leer hasta muy adentrada su niñez. Les enseñaban antes educación y principios porque para ellos era muy importante, ser hombres –y mujeres, como decía la guía. Los colegios eran muy buenos y muchos de ellos tenían piscinas climatizadas. Toda la enseñanza era gratis. Decían con mucho orgullo –sin prejuicios- que por la educación suiza salían muchos premios noveles. ¡Qué panegírico nos hizo la joven¡ Que apología al país de los “cucos”. Pobres españoles del gorgojo en los colegios. Yo no sé si la economía del Rolex y chocolate se permite esos dispendios, pero lo que si es cierto que a los niños y jóvenes suizos les deberían decir que en los bien guardados bancos suizos depositan allí sus grandes fortunas los grandes dictadores o chorizos-políticos de España, Sudamérica, África y demás familia. Y no creo que rueguen nada por su alma, al contrario, a ver como se compran un Bugati o una casa en el Caribe.


Y nosotros con los “Mas” o menos, con los “Urdanga” y su señora casi reina blindada. ¡Que tiempos nos deparará el futuro¡ porque lo bueno sería olvidarnos de o de atras. Como si no hubiese pasado. Levantarnos de un sueño y tener a nuestros hijos en colegios con piscina y calefacción y libros y libertad de cátedra.

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