Estudié entre el año
1970 y 1975 mi carrera de química industrial. Por aquella época la Universidad
Complutense estaba en continua expansión, no solo por el número de facultades sino
por las especialidades que se estudiaban; en concreto la facultad de ciencias
se dividió, con la nueva ubicación de la Universidad en la Moncloa, en las
cinco conocidas actualmente –químicas, físicas, biológicas, geológicas y
matemáticas. A pesar de ello, la sociedad industrial exigía cada vez más
especialización en algunas materias que ayudaban el desarrollo industrial de
los años 60 y 70, fundamentalmente en el sector petroquímico. De ello salieron
las especialidades de química Industrial en la facultad de Ciencias sección de
químicas. No fue fácil para mí tomar la decisión de que carrera elegir. En mi
cabeza estaban otros proyectos que me atraían mas como las ciencias exactas,
medicina, publicidad. Después de una evaluación de todas las posibilidades me
decante por lo que iba a ser mi carrera definitiva. Cinco años me duro con solo
un suspenso en junio. Me facilitó que me
pudiera adaptar a la universidad la beca que tenía – de Universidades Laborales-
desde cuarto de bachiller. O estudiaba o me quedaba ajustando tornillos de
métrica 6 en el taller mecánico de mi padre.
La carrera la acabé en junio del 1975 y antes de salir tenía 2 trabajos que me habían ofrecido, quizás porque la Universidad Complutense tenía una gran y bien merecida
fama. Solo una pega: las asignaturas marías como la educación física o la del
espíritu nacional con sus famosos libros de Doncel. No hacíamos caso ni a unos
ni a otros, el que no pasaba las pruebas físicas se le pedía una redacción
sobre algún deporte y a quien se le atragantaba la lectura de los libros de
Doncel se les perdonaba. Éramos pocos y nos conocíamos. Los profesores
encantadores, trabajadores y siempre pendientes de las materias. Nunca se
utilizaba un aula para adoctrinar. La laplaciana, la Integral o la derivada eran
los dioses menores a los que rezábamos. Las columnas de destilación y los reactores
los dioses mayores a los que adorábamos. Todo esto se ensombrecía en muchas
ocasiones con disturbios a la salida de clase
cuando los movimientos de izquierda provocaban a los “grises” montando
una tangana indescriptible. Cada uno corría por donde podía esperando nos ser
diana de las porras bien engrasadas de la policía.
Eran tiempos de
revueltas esperando con ansia la muerte del caudillo y con expectación el
futuro político de España. Curioso que los que enarbolaron la bandera del
cambio – la izquierda y la derecha extrema- no fuesen los protagonistas del
mismo. Un heredero de la dictadura junto con el rey hizo de este país en unos
meses la transición más pacífica y modélica que se podría esperar.
Mucha introducción
para contar algo que tiene que ver con las universidades españolas. He leído el
estudio “Global EmployabilityUniversity Ranking”, es decir el ranking de las 150 mejores universidades del mundo para
conseguir empleo.
Observandolo con
atención es para deprimirse. Solo tres universidades están en ese ranking. La
IE segoviana (puesto 29), la del Opus en Pamplona (45) y casi perdida en la
lista la Ramón LLull (108). ¿Porque no está la Complutense? Desgraciadamente ha
sobrevenido en el sector de la educación en España un proceso de politización
que no ha facilitado la calidad de la enseñanza. Es curioso que las tres
universidades comentadas son privadas y además con un componente cristiano importante.
No quiero entrar en
valoraciones políticas y menos si tengo que convencer a mis hijas, pero creo
que en España los políticos deberían plantearse salvar de la mediocridad a la
Universidad pública española, salvo como parece, que la utilicen como solaz y
reposo de sus guerreros (estómagos agradecidos) y paniaguados ignorantes amigos
de lo ajeno.
España y yo somos asíseñora que diría Marquina. Y es lo que nos merecemos.
Próximamente prepararé un
juego de números sobre este ranking en donde se ve el porqué los países
anglosajones copan los puestos de esta encuesta. Y USA a la cabeza.
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