Corría el año 1974 y alternaba mis estudios de Química
Industrial con diversas actividades lúdicas propias de mi edad. Además de tomar
una cerveza de vez en cuando e ir al cine, me atrevía con cierta literatura
sudamericana.
Por aquel entonces vivíamos mi amigo Pepe Barrado y yo en
un cutre piso interior en la calle Bravo Murillo de Madrid a la altura del
metro de Estrecho, la frontera con el barrio de Tetuán; todavía no invadida por
precolombinos –así les llama mi prima Marifé a los sudamericanos.
El mencionado apartamento tenía tres habitaciones dos
ocupábamos nosotros y la otra la teníamos para un amigo madrileño que lo
utilizaba como picadero, con una aportación significativa a la renta de la
casa.
Mi habitación, posiblemente era la más pequeña. Interior
con una ventana minúscula que no permitía entrar la escasa luz de un patio
interior y menos porque era la planta baja, una minúscula mesa de estudio y una
cama de 80 cm. Llegaban los exámenes finales y tenía que dar el do de pecho
para no rezagarme en mis notas en la medida que una beca que tenía, dependía de
ellas.
Siempre había un libro en la cama que leía en mis ratos
de descanso. En aquellos días me acuerdo que estaba leyendo Cien años
de soledad. Leía unas hojas y continuaba estudiando hasta que las laplacianas y
las derivadas circulares me abotargaban. Volvía a coger el libro y contaba que el
matrimonio de Jose Aurelio y Úrsula eran primos y pensaban que se casaban
llenos de presagios y temores por su parentesco. Vuelta otra vez al
diseño de los reactores –era quizás la asignatura mas difícil de mi carrera- y
cada vez aguantaba menos estudiando. Miraba el libro pensando en las muertes deMelquiades –No se si la famosa película, recomendable, de Tommy Lee Jones está
basada en el libro de Gabriel.
Así que integraba (de integrales definidas me refiero)
cada vez menos mirando las páginas que tenía el libro y las que me quedaban. Ya
tenían el matrimonio de los Buendía tres hijos y la preparación de mi
siguiente examen cada vez peor. Tenía que tomar una decisión. Era
imposible hacer las dos cosas a la vez (nos suena ¿no?)
Y no tengo abuela.
Ahora sería imposible hacerlo porque me duermo antes de
leer 50 páginas, y eso que no tengo mucho mas de 22 años, que son los que tenía
en aquella primavera del 1974 a Dios gracias de maravillosos recuerdos.
PD: No entiendo que una mente que pueda escribir esos libros pueda ser amigo de Castro y consecuentemente cómplice de la mas larga dictadura que existe, pero bueno a todo buen escribano se le cae un borrón.
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